Jérôme

08/06/2020

Jérôme es un proyecto fotográfico que empecé en la primavera de 2018.

En él analizo como vivir tan al límite de una ciudad puede afectar al paisaje y a las personas.

Todas las fotografías están tomadas en el barrio de San Jerónimo, Sevilla.

El estímulo barroco visual no solo se encuentra en el casco histórico, las catedrales y los bajorrelieves de los orfebres consagrados; también podemos hallarlo en los lados y las afueras, en la retaguardia obligada de las ciudades.
Bien es verdad que la luz respeta a todos por igual, pero el propio dolor oscurece por momentos los gestos y facciones de los personajes retratados: parece que los surcos faciales fuesen más profundos, que ofreciesen más juego al arte del fotógrafo.
Los santuarios de la periferia son casas que parecen cárceles, tejados sin cielo, farolas de cristales rotos que ofrecen una luz mortecina y caduca. Los tendederos, arcoíris tristes y asimétricos van presumiendo de una higiene que desmienten los socavones y el gris eterno del acerado.
A veces, la madre naturaleza, revertida en jaramago o paloduz, genera la intromisión del campo en la propia intimidad de la urbe, toda una invasión que apreciamos en los parques y plazuelas donde se encuentra el eterno trinomio del hombre, el banco y el perro, triángulo clásico de la falta de horizonte.
Los cables eléctricos y torres no se ven en el centro de las ciudades; parece que toda la logística se oculta en la periferia, como también se oculta todo aquello que nos puede provocar dolor o daño:
mandamos los camposantos a las afueras, y, para intentar olvidar el dolor que no se olvida, los adornamos con coronas, cruces y flores, muestra de un horror vacui  de andar por casa.
Todas estas intuiciones han excitado la mente del fotógrafo, cronista del color, la luz y el silencio, y a los que hemos visto los resultados, nos han hecho reconciliarnos con la realidad.
Porque el arte, como la vida, nace de pequeños detalles que en la lente de manos expertas se hacen grandes.
Y como siempre, en eterno retorno, al final de la historia,  unos globos se muestran garantes de la inocencia infantil, de la capacidad de sorpresa que nuca debiéramos perder.

Julio Ariza Conejero
Profesor y poeta

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